Bienvenida a mi mundo, chica brillante.

 

Frío, sentía frío en su cuerpo.
No,sería más adecuado decir que el frío provenía de muy dentro; de su alma. Así se sintió cuando ella apareció.
El frío hizo que tuviese que volver la vista hacia otro lado.
«¿Por qué había vuelto?», pensaba.
Antes de verla esa noche, creía que había conseguido olvidarla.
Pero al ver que no había cambiado, al ver lo brillante que era, que seguía siendo, hizo que el frío se hiciera más intenso.

Seguía teniéndola dentro. Seguía guardando todos los recuerdos de ella que tanto se había esforzado en apartar de su mente.

Frío. Frío es lo que sentía en su interior al verla y recordar lo que hizo, la persona en la que se convirtió por ella. El frío se convirtió rápidamente en algo ardiente al volver a mirarla y ver que estaba sonriendo tranquilamente. Parecía feliz mientras charlaba con la gente que había a su alrededor.
Tan fuerte eran las emociones que le embargaban que tuvo que apoyarse en la pared. Esta vez no alejó la vista de ella. No quería perderse ninguno de sus movimientos mientras todo ese frío se convertía en una bola ardiente de odio que crecía a cada segundo en su interior.
Era la causante de todo. Ella tenía la culpa de que él se hubiese convertido en el monstruo que era ahora. Le había transformado en eso que era ahora.
¡Todo lo que hizo fue por ella! ¿Cómo podía ser feliz mientras él, ÉL, era lo que era ahora y estaba sumido en la más mísera oscuridad? ¿Cómo pudo olvidar tan pronto su promesa?

Pasó algunos minutos sumido en esos pensamientos, apoyado contra la pared, con una expresión intensa en su cara, hasta que se produjo un cambio en él. Sonrió.

«Bien, querida, me acabo de decidir. Yo sí te haré una promesa que cumpliré aunque sea lo último que haga. Te prometo que desde este momento no volverás a ser la misma. Me encargaré de que dejes de brillar y de que te conviertas en alguien rodeada de oscuridad. En alguien como yo.
Aunque no lo sepas, te estoy dando la bienvenida:
Bienvenida a mi mundo, despídete del tuyo querida. Chin chin.» Acabó la frase haciendo el típico gesto de brindis y siguió dándole vueltas a la idea que se le acababa de ocurrir. Esta le daba un nuevo fin a su vida. Quería vengarse: la odiaba profundamente.

Una sonrisa cruel se mostraba en su rostro cuando se llevó la copa a los labios, separándose de la pared, acercándose con paso decidido hacia un pequeño grupo de personas que había cerca de una mesa.

En ningún momento apartó la vista de ella mientras lo hacía.

La fuerza del cariño

Se acerca. Oigo sus pasos aproximándose. No…no quiero que me encuentre.

Por favor, Oscuridad, ayúdame. Trágame entre tus sombras. Hazme invisible a su vista. No dejes que me coja.

Sus pasos se paran delante de la puerta. Puedo oír como el sonido de su pesada respiración corta el silencio. Por favorno. No quiero que no me encuentre. Rezo en silencio para que se dé la vuelta, a que dé marcha atrás sobre sus pasos.

A través de la rendija de la puerta veo la luz de fuera atenuándose, avisándome de la mano gruesa que se aproxima a coger el pomo. A girarlo y descubrir dónde estoy escondida.

Intento acurrucarme en una esquina, alejándome lo más que puedo de la puerta. Tratando de empequeñecer mi cuerpo. Y rezo porque no me vea entre la ropa y los utensilios que hay tirados por el suelo.

Suerte. Sólo puedo confiar en tener suerte.

Ojalá esta vez se apiade de mí, sólo por este día.

Noto cómo una lágrima se escapa y cae a mi camisón. Hacía tiempo que no me pasaba. Hacía tiempo que no dejaba que esto me afectase tanto.

Se abre la puerta con fuerza, y el olor a alcohol, sudor y ropa rancia inunda el pequeño armario donde me encuentro escondida.

Por favor, que no me vea. Cierro los ojos y empiezo a rezar por ello, mientras Rezo con los ojos cerrados mientras aprieto fuerte mis puños contra mi pecho. Rezo en silencio, cerrando los ojos, y abrazándome con fuerza.

Mi cuerpo empieza a temblar al notar cómo mi respiración se acelera, tomando el mismo ritmo que la de aquel que ya ha conseguido entrar en mi escondite.

No…por favor, que sea una pesadilla. Despierta, despierta.

Una mano me agarra con fuerza y tira de mí. Lo hace con tanta fuerza que sé que mañana tendré moratones. Caigo al suelo y no puedo evitar que un sollozo se escape de mis labios mientras me acurruco. Mientras espero a que mis pesadillas se vuelvan realidad. Otra vez.

Noto como aquel olor fuerte, que tan bien he aprendido a reconocer, se acerca y me rodea. Me imbuye. Me traga. Odio ese olor, y sé que me va a acompañar toda mi vida. Formará parte de mí para siempre, persiguiéndome, y obligándome a recordar. Está grabado a fuego en mi memoria.

El terror más puro se apodera de mí, toma el control.

Lo último que escucho antes de caer en la oscuridad es el sonido del cinturón acercándose y una voz en mi oído que me susurra qué día es hoy. El día que hace que mi pesadilla se cumpla. Siempre recordaré sus palabras:

«Feliz cumpleaños, hija.»

Blog de WordPress.com.

Subir ↑